Te gastabas todo el dinero en fumar, en beber y en comprar cosas caras: como aquel ordenador que no alcanzabas a pagar cada mes, o aquel piano de teclas infinitas... No tengo dinero, estoy arruinada: ya no salgo más -decías-. Pero volvías a salir cada fin de semana. Te quejabas: no tengo para pagar mis préstamos, ni para echarle gasolina al coche, no tengo para comprar tabaco y tengo mono.
Te presté 40 euros para que comprases tabaco: te los gastaste esa misma noche en alcohol. Ligaste con la chica que te gustaba. Te la llevaste a la cama: tuvisteis sexo. Te intentaba ayudar, cada noche hablábamos hasta las 5 de la madrugada: bien por Internet, bien por teléfono. No cojas el coche borracha -te dije- Lo cogiste esa misma noche. No paso nada. ¿Pero y si hubiese pasado?.
Siempre la misma historia. Me prometías cosas: no voy a salir este fin de semana, no voy a gastar (no tengo para gastar), tengo que dejar de fumar. Tus promesas duraban lo que dura un caramelo en la puerta de un colegio. Y mi paciencia volaba. Quedamos una noche. Me invitaste a cenar. Creo que para pagarme esos 40 euros que me debías (no te los iba a coger). Cenamos, me llevaste a hasta casa en tu coche. El coche te pitaba, quería comer. Te dejé 20 euros en mi asiento. Te mandé un mensaje al móvil: echa gasolina.
Me echaste en cara, sin palabras el que no te besara esa noche. Tu también lo podrías haber hecho. De todas formas ambas sabíamos que nuestras vidas distaban un abismo. Y nuestro amor, seguramente, también.
Me escribiste varios mensajes. Que estabas infeliz, que todo te iba mal. La misma historia. Eres tú quien tenía que cambiar. Te mandé un poema de Gloria Fuertes:
SIEMPRE HAY ALGUIEN
Quitaros esa máscara, la tristeza no es más que una careta, puede durar tanto como tardes en quitártela tú mismo, prueba. Estás provocándote llanto artificial, hermano; he dicho hermano y debí decir amante. Nos cogemos las manos y no decimos que se siente nada. Poco a poco se va mezclando nuestra sangre en los encuentros. Un buen día acabaremos por ser la misma cosa. Libres somos. Frecuentamos el dolor porque queremos, como pudiéramos frecuentar el parque. Hablamos de mutuas soledades, hablamos de aventuras que tuvimos, de que todo está lejos, de que es difícil. Y nunca hablamos de esto maravilloso que nos va convirtiendo en ranas. Quién dijo que la melancolía es elegante? Quitaros esa máscara de tristeza, siempre hay motivo para cantar, para alabar al santísimo misterio, no seamos cobardes, corramos a decírselo a quien sea, siempre hay alguien que amamos y nos ama.
Tu encerrada en tu habitación. Sin tabaco. Soñando con fines de semana llenos de alcohol. Bocas nuevas. Con el amor. Rallando tus oídos y tu autoestima una y otra vez con la misma canción:
Solo tu podías salir de aquella rutina. Lo que pasa es que te gustaba demásiado la juerga, demásido el alcohol, demásiado prometer cosas que luego no cumplías. Perdimos el contacto. Creo que fue lo mejor: tu creías que yo viviría tus juergas contigo: lo siento: nunca me gustaron las discotecas, ni el tabaco, y el alcohol lo prefiero de vez en cuando y en su justa medida. No era yo tu princesa ni quería beber de tu copa.
Mis consejos los escuchabas pero no los llevabas a la práctica. ¿Ves? en eso si que nos parecíamos. Las dos éramos un desastre. El problema es (si es que lo hay) que yo he sentado algo más la cabeza, pero tu sigues en la misma línea. Mira, quizá sea eso lo que te da luz. Quien sabe...